jueves, 20 de abril de 2017

Al asalto de Manhattan 6. El pub de la azotea

Me sigo levantando a las cuatro o cinco de la mañana. Pero como hoy ya es mi ultimo dia en New York me la suda completamente. Ademas casi me he desprendido definitivamente del todo de la resaca provocada por la gran chuza de hace dos dias. Lo de levantarme tan pronto ya me lo tomo hasta con guasa. Como mi vuelo sale a ultima hora de la tarde y hasta el momento de irme al aeropuerto no tengo nada que hacer, pues me quedo en la cama buscando informacion en mi movil sobre cosas que hacer a lo largo del dia de hoy. Un momento, 230 Fifth, un pub en la azotea de un rascata en mitad de la Quinta Avenida. Suena bien. Habra que investigar.

Mi hora de salida del hotel son las doce, esto quiere decir que voy a apurar hasta el ultimo momento. Una hora de relajante ducha, una hora de relajante cagada, otra hora simplemente rascandome los huevos en la habitacion, varios paseos por los pasillos del hotel, subir y bajar en el ascensor (el cual no habia usado hasta ahora) parando en todas las plantas... En fin, que con la tonteria se me hace la hora, asi que dejo el equipaje en unas taquillas habilitadas a tal efecto en la recepcion y me dispongo a dar un paseito en direccion al pub en cuestion. Oye, y va a ser un paseo bastante agradable, el clima ha cambiado radicalmente con respecto a los dos ultimos dias. Sol radiante, incluso demasiado para mi gusto, y casi veinte grados de temperatura.

Como su nombre indica, el 230 Fifth esta ubicado en el numero 230 de la Quinta Avenida, para ser concretos en las dos ultimas plantas. O mejor dicho en la ultima planta y la azotea. Lo primero es pegarme un buen desayuno en el bar-restaurante de la ultima planta, a cubierto del sol y disfrutando de las vistas... bueno, que cojones, de las camareras que estan tremendas. Al entrar a este inmenso lugar te ponen una pulserita, en plan todo incluido y, como es habitual por estos lares, se quedan con tu tarjeta y te van sumando lo que consumas. Basicamente lo que te mames, porque el restaurante es buffet libre. Y obviamente cuando me entero de esto ya me temo lo peor. Yo no tengo limite, y si encima no me lo ponen, mal vamos a acabar.

Que puedo decir. Los huevos Benedict estan tan de pelotas que me hago cinco o seis. Y lo del salmon ahumado... bueno, resulta que directamente te lo sirves por piezas enteras. Cada troncho debe de pesar medio kilo. En una mesa no muy lejana veo a un gordo que yo creo que se ha pillado un salmon entero, y yo no voy a ser menos. Por supuesto me casco un par de Brooklyns, pero tampoco me quiero pasar con las chelas porque aqui ahora mismo lo importante es dejar hueco al papeo gratis. Acabo saciado. Hasta el punto de que quiero levantarme a mear y tropiezo varias veces con la mesa porque mi barriga ha crecido tanto que ya no tengo control sobre mis medidas.

Pero lo mejor esta aun por llegar. Acabados los manjares, considero que es el momento de examinar el bar de la azotea. Tremendo. Nadie que transite por la Quinta Avenida se puede imaginar lo que esta pasando aqui arriba. Ambiente chillout total, musiquita disco-pop de los 70 y 80, tres barras diferentes, sillas, bancos, sofas, mesas de todo tipo. Entre la clientela algun que otro turista despistado como yo, pero en su mayoria ejecutivos con su traje y maletin tirados en hamacas cascandose pintas bien fresquitas, o bien rubias tremendas en bikini tomando el sol sobre toallas como si estuvieran en una playa californiana, eso si, coctel multicolor en mano. Rapidamente encuentro acomodo en un banco de madera donde pronto acabo tumbado con una Brooklyn sobre mi pecho. Y por supuesto no quito ojo a las guarras en bikini.

Despues de tres o cuatro horas en el paraiso, me doy cuenta de que o reacciono o pierdo el vuelo. Una pena, porque me quedaria aqui eternamente. De vuelta al hotel Quinta Avenida hacia abajo me topo con el personaje del dia. Tipo andrajoso en una bicicleta de hace cuarenta años totalmente hecha polvo. El tipo va pedaleando por entre el abarrotado trafico de la Quinta, mientras a grito pelado suelta su cantinela propagandistica, "los comunistas nos han invadido, ya estan aqui, si ves a un comunista, disparale, muerte a los comunistas"... A decir verdad no puedo estar mas de acuerdo con su discurso pero por desgracia el tipo sigue su camino avenida abajo y no me da tiempo a felicitarle por tan acertada reflexion. Por supuesto el menda sigue berreando y berreando sin parar mientras desaparece entre el trafico.

Puntual como siempre llego de vuelta al hotel a la hora acordada en que el taxi que habia solicitado me tenia que recoger. El taxista, un pakistani que lleva mas de cuarenta años en New York, tambien es puntual. Asi que iniciamos el paseo de mas de una hora (cosas del trafico) hacia el aeropuerto internacional JFK. El tipo me ha salido simpatico y hablador, no como el negro del primer dia. Asi que me va explicando mierdas sobre todos los lugares por los que vamos pasando, Queens, Brooklyn o el barrio de la mafia jamaicana, ubicado junto al aeropuerto porque, segun dice el taxista, asi pueden hacer trapicheos mas facilmente. Y ahi estamos, vuelo de vuelta con paradita de madrugada en Islandia, como no podia ser de otra manera, y a primera hora de la mañana de vuelta en casa, donde obviamente lo primero que hago es sacarme una Brooklyn de la maleta y cascarmela. Que pasa New York.
 
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