lunes, 16 de julio de 2018

Cinco días en Palanga. Capítulo 3

Para mi sorpresa, hoy me levanto en relativamente buenas condiciones. Despejado, sin una resaca extrema y sin aparente cansancio. Y sin ninguna prisa, eso es lo más importante. Esto es porque no tengo que ir a ninguna parte por obligación, si me sale de los cojones me puedo quedar en el balcón mamándome una cerveza y viendo cómo pasan las chicas en bikini hasta la hora que me rote. Dicho y hecho. Con la tontería mi desayuno se convierte en tres maravillosas pintas. No sé si es que realmente he cargado las pilas o es que ya voy con el puntillo, pero el caso es que de pronto me apetece salir a pasear. Pues vamos camino a la playa a estirar un poco las piernas, por supuesto bajo un asqueroso sol abrasador.

Ayer cogí la línea de la costa en dirección norte, pues hoy vamos a hacer lo mismo en dirección sur, a ver si llegamos a Kaliningrado. Cada ciertos minutos, con esto de que voy caminando junto al agua, me meto en el Báltico y me pego un bañito. Y continúo y continúo mi caminar. Hoy no me cruzo con demasiadas lituanas en top-less, sin embargo presencio el fenómeno bastante habitual de las adolescentes cuya depilación púbica no está en consonancia con el tamaño de su bañador. Vamos, que van enseñando los pelos del coño, para ser claros. Aunque a mí todo eso me empieza a dar ya bastante igual por una sencilla razón, tengo mucha sed.

Así que paro en un chiringo de estos que están en medio de la arena. Este está guapo, tiene dos plantas, así que me voy a esa especie de azotea con hamacas a cascarme una chela con el ruido de las olas de fondo. Esta fantástica relajación me hace darme cuenta de que empiezo a tener hambre. Y es que ya van cuatro chelas con el estómago vacío. Hora de enfilar la famosa calle principal de todos los días en busca de algo sólido. Vuelvo al pub donde acabé ayer, el Pajurio Zibintas, donde el encargado simpático todavía se acuerda de mí (apenas ha pasado medio día) y me busca una buena mesa. Recomendación para la comida, la barbacoa está en su punto álgido, tengo que pedirme algo de carne. Hago caso y me tiro a un clásico ruso, shaslik de pollo, pero no quiero excederme con la comida hoy, nos lo vamos a tomar con calma.

No me excedo con la comida pero sí con la bebida. No sé cuántas chelas me meto. El caso es que acabo a las cinco de la tarde. La puta calle brilla y voy haciendo eses. Como esta mañana me he bajado todo el alcohol que compré en el supermercado, me toca pasar a hacer otro acopio de mamoneo. Pues no te creas que estoy yo en muy buenas condiciones para entrar a comprar, pero bueno, no soy el único. En la caja, unas viejas rusas parece que van aún peor que yo, se les caen varias botellas mientras las ponen en la cinta y montan el estropicio del día. La gente se agolpa, yo me impaciento, quiero irme al hotel a beberme lo que acabo de comprar, joder.

Vuelvo a mi atalaya habitual en el balcón. Las jovencitas que tienen un puesto de alquiler de bicis justo debajo de mi posición de observador me están poniendo más que nervioso. Me tiro dos horas chumando y observándolas, esto es mejor que cualquier puto paseo por la playa. Bueno, ya son con las ocho o las nueve, será cuestión de mover el culo. Sigo completamente doblado, mantengo el nivel etílico constante, pero necesito algo de cenar para rebajar y así luego poder volver a subir hasta el culmen final. Hora por tanto de darme el típico paseo de última hora hasta el muelle de madera para después coger por enésima vez la calle principal y buscar un sitio para llenar el buche.

Junto al muelle de madera hay una niña de catorce o quince años tocando la guitarra y cantando. Lo hace muy bien, la verdad. Me siento frente a ella y escucho un par de temas. Debe de ser pop lituano o algo así porque ni me suenan las canciones ni entiendo una mierda de la letra. En cualquier caso me acerco a felicitarla y echarle unas monedas. Ya que no habla inglés lo intento con el ruso, que ella parece más o menos comprender. Le digo que yo también soy músico y aprecio a la gente con talento, especialmente si son tan jóvenes. No sé lo que ella ha entendido, y tampoco estoy seguro de que mi ruso sea demasiado perfecto, pero me parece al 80% que me responde que se quiere ir al hotel conmigo. En otras circunstacias no sé lo que habría pasado, pero ahora mismo me siento demasiado viejo y cocido como para estas cosas. Así que me despido de la joven artista regalándole una púa y diciéndole que necesito una pinta. Y no, no es una excusa, es la puta realidad. Necesito una pinta.

No tengo muchas ganas de pensar a dónde ir. Me meto de cabeza en el Pajurio de los cojones, otra vez. Además quiero ver el partido y sé que aquí ponen el fútbol. Semifinales del Mundial, Francia contra Bélgica. Me da igual quién gane, lo único que quiero es mamar y comer algo. Me hago un combo de picoteo que incluye queso, pan frito, pescado ahumado y alguna otra guarrada y me empiezo a pedir chelas sin compasión. De aquí a la cama. De pronto se me sienta un tío al lado, cincuentón, rubio, más bien con el pelo blanco, y un inglés bastante patatero con un acento muy marcado. Un noruego que está aquí visitando a su hermano o no sé qué puta historia que me cuenta y que hoy se ha quedado sin plan de juerga. Dios nos cría y nosotros nos juntamos.

Lo cierto es que el menda es un apasionado del fútbol. Su equipo es el Trondheim, que es su ciudad natal en Noruega. El tipo me da una clase rápida sobre la desconocida liga del país vikingo que me deja a cuadros. Pero no solo a mí, por lo visto, y es que ya avanzada la segunda mitad del partido, un ruso loco se nos acerca y se nos sienta al lado. Otra alma solitaria. Este menda es directamente un alcohólico, y encima va bastante pasado. Pero estos rusos, aun con veinte botellas de vodka echadas gaznate abajo, lo sorprendente es que siguen controlando la conversación de puta madre. Hablar sobre el fútbol de los 80 y 90 siempre me gusta, cuando todavía era un deporte genuino, y no la mierda comercial que tenemos que aguantar a día de hoy. Y ya cuando tus interlocutores tienen ídolos como Carew, Dassaev o Blokhin, es un auténtico placer del que sabes que pocas veces en tu vida vas a poder disfrutar.

El partido ha terminado pero para nosotros el resultado ya es lo de menos. El noruego se despide y vemos como se aleja haciendo eses. El ruso y yo decidimos darnos un último homenaje en el siguiente pub. Pero aquí comienza el bajón. Una camarera antipática como pocas me pone un cóctel que está asqueroso y es carísimo. Para colmo el ruso pide una pinta de cerveza tostada y tras un sorbo la derrama toda por encima de la barra. Empieza a toser como un condenado, ya no puede seguir ningún tipo de conversación. La camarera maleducada y otros dos camareros con cara de palo nos miran mal. Decido pirarme de allí y dejar al ruso con su tos tísica. De todas formas me la suda, no creo que vaya a volver a este puto pub.

Caminando por la calle principal ya en dirección al hotel escucho buena música desde las discotecas que me flanquean a uno y otro lado. R.E.M., The Rolling Stones, David Bowie... la verdad es que dan ganas de entrar a hacerse a alguna otra copa. Pero ya es más de la una de la madrugada y yo voy como una cuba. Además no me apetece encontrarme con otro ruso tosiendo, o quizá con el mismo, que haya salido del anterior pub a buscarme. Finalmente acabo tumbado en la cama de mi habitación. No sé muy bien qué ha pasado pero ahora son las cuatro. ¿Me ha costado tres horas recorrer doscientos metros? ¿Me he hecho unas cuantas rondas más sin darme cuenta? ¿He sido abducido?

domingo, 15 de julio de 2018

Cinco días en Palanga. Capítulo 2

Yo ya sabía que esto iba a pasar. Resaca. Primer despertar en Palanga y ya tengo resaca. Mira que ayer estuve ojeando el mapa para encontrar una buena zona para salir a correr un rato a primera hora de la mañana. Pero nada, que mi cuerpo me dice que mejor me quede en posición horizontal y, como mucho, intente arrastrarme hasta el baño a hacer mis necesidades fisiológicas. Tampoco creo que bebiera tanto ayer, bueno, o quizá sí, pero como en ningún momento aceleré, sino que mantuve esa marchita constante, pues no me di cuenta realmente de lo jodido que me estaba poniendo. O tal vez fuera aquel vodka de después de comer. Bueno, qué más da, la cuestión es que estoy jodido, y me da que esto no va a suceder solamente hoy.

Al final, entre despertares ocasionales y balbuceos en la cama, acabo por dormir diez horas, lo cual para mí es una barbaridad. Oh, vaya, el balconcito de la habitación, voy a salir a que me de un poco el aire y el sol a ver si así por fin consigo despejarme. Joder, ¿qué es esto? Abro la puerta del balcón y me encuentro a una pájara en bikini que está más que tremenda. ¿Obsequio de la casa? La tipa ni se inmuta mientras la recorro de arriba abajo con la mirada con absoluto descaro. Debe de ser que aún estoy durmiendo y esto es un sueño. Pronto me hago cargo de que el balcón es compartido con la habitación de al lado. Pues suerte que no hay tres negros zumbones en la susodicha estancia.

Todavía frotándome los ojos ante la tan maravillosa visión de la que acabo de disfrutar, me dispongo a salir en busca de un supermercado que localicé ayer para comprarme algo de desayuno. Ya os podéis imaginar, chelas y sidras. Una vez en el comercio me hago cargo del horario más que restrictivo de venta de sustancias etílicas en Lituania. Prohibido a partir de las ocho de la tarde, salvo el domingo, que cierran el grifo incluso antes, a las tres. Vamos, que me alegro de que sea lunes y mediodía. Para picar me llevo también algunos pescados marinados típicos de la zona y unas a priori interesantes aceitunas rellenas de gamba, que sinceramente tengo que decir que saben a plástico.

De vuelta al hotel me hago una chela para despejarme y comienzo mi paseo diario, dando un rodeo por el norte de la ciudad hasta salir a algún punto de la playa. Esto es muy extraño, hace un sol y un calor criminal en toda la zona, pero la playa está cubierta por una espesa niebla que no deja ver a más de cinco metros. Esto no evita que me pegue un pequeño baño. De esta manera compruebo que las aguas del Báltico no están nada mal, aunque hoy el mar está un poco revuelto. Después de la primera impresión, hago una interesante comparativa. En Islandia el agua estaba mucho más fría. 

Me pongo a caminar en dirección norte mojando los pies junto a la orilla. A ver hasta dónde llega esta puta playa. Puedo seguir así hasta Letonia, pero la verdad es que tampoco estoy yo hoy en muy buenas condiciones como para largos paseos. La resaca aún colea y ahora mi cuerpo lo que me está pidiendo es chela. Media vuelta. A ver si entre la niebla consigo llegar al famoso muelle de madera que me indicará la presencia contigua de la calle principal y, por tanto, de los abrevaderos. El largo camino, todavía rodeado por esta macabra niebla, se hace ameno a ratos, cuando de entre las tinieblas de pronto salen lituanas en top-less buscando un refrescante bañito en el mar.

Bueno, ya he salido de la playa y me he metido de lleno en la calle del papeo y el chumeo. Ha sido dejar la línea de costa y la niebla ha desaparecido por completo. Ahora el puto astro rey me hace sudar todo el alcohol de ayer. Necesito refugio. Y qué mejor sitio que el restaurante donde tan bien comí ayer, la camarera de la boca me atendió tan fantásticamente y cogí el primer pedo importante con el jodido vodka. Pero para mi desgracia hoy mi amiguita no está. Fijo que ha engatusado a otro turista y se lo está pasando en grande en la habitación de algún hotel. En fin, maldita sea mi suerte. Pero yo a lo mío, a refrescar el gaznate, que para eso he venido.

Después de dos maravillosas sidras de pera, de marca Kiss, que jamás había visto antes en mi vida, y eso que soy un experto en el susodicho brebaje, ya estoy en condiciones de llenar el estómago con algo sólido. Comenzamos con una tabla degustación de pescados típicos rusos, que incluye el ineludible caviar (del de verdad, no la mierda de plástico con la que te timan en otros países que yo me sé), y para continuar nos lanzamos con un clásico del país de los zares, el shaslik de cerdo. Y por si acaso, hoy me saltaré el vodka, creo que no necesito perder la consciencia a media tarde como aconteció ayer.

Nada mejor que un paseo para bajar un poco la comida después de la sesión gastronómica. En dirección este llego en apenas dos minutos a las afueras de la ciudad, donde no hay nada. Solo la carretera que discurre de sur a norte en dirección al aeropuerto y a Letonia, rodeada de árboles y bosques, y alguna que otra fábrica en construcción que irrumpe en tan verde paisaje de forma ocasional. Y cuando más relajado estoy con este caminar y mi cuerpo empieza a sentirse persona otra vez, ocurre lo de siempre... me empiezo a cagar. El paseo se convierte en carrera en dirección al hotel. Por suerte esta vez no estoy en Manhattan (aquello si que fue horrible), esta ciudad es minúscula, y en apenas unos pocos minutos ya estoy sentado en la taza de mi habitación vaciando el intestino.

Bueno, se me ha cortado el paseo y mi momento de relax por las afueras de la ciudad. Estoy de vuelta en el hotel. ¿Ahora qué cojones hago? Solo tengo una nevera llena de bebidas alcohólicas que compré esta mañana y un balcón desde el cual veo pasar a lituanas en bikini en dirección a la playa. Creo que de esto se puede sacar una buena y constructiva actividad. Así es, cuatro horas sentado, chela en mano, recreándome la vista. Esto sí que es relax, y no la puta mierda de paseo que me estaba dando hace un rato. Con la tontería, cuando miro el reloj ya son las siete, voy completamente doblado y ya he llegado a ese punto en el que es tontería parar.

Decido darme otro paseíto hasta el muelle, el cual recorro, muy lentamente y haciendo eses, hasta el final. Obviamente de camino me hago una chela en un pub irlandés, y a la vuelta me hago otra en un sitio con un meadero muy macabro que es una caseta en mitad del bosque. Y mira, resulta que ya es la hora de la cena. Como hoy la bocamarera no estaba en mi restaurante preferido, intento buscar una nueva opción. Y creo que otra vez doy en el clavo. El Pajurio Zibintas es un sitio cojonudo. Con una inmensa terraza cubierta con toldos y con diferentes estancias para cenar. La zona de dentro más tranquila, en plan parejitas, fuera una parte de terraza para disfrutar del sol y la brisa del mar, luego otra con un escenario donde ahora mismo una gorda canta el Hey de Julio Iglesias en lituano, y finalmente un espacio en plan sports bar con varias televisiones para ver los eventos deportivos.

El encargado es un chaval joven bastante simpático que habla inglés perfectamente. Me cuenta su vida en diez minutos, que estudió en Londres, que juega en un equipo de fútbol semi-profesional en Vilnius, que en este local ponen los partidos del Mundial... vale, esto me interesa, mañana hay fútbol, pero ahora vamos a jalar. El tipo es listo y se da cuenta rápidamente de las miradas despiadadas que les estoy echando a las camareras, así que rápidamente me pone a una de las más guapas única y exclusivamente al servicio de mi mesa. Joder, Paulina, menuda hembra. Creo que voy a pedir más de lo que puedo comer y beber, solo por ver como la chica menea las caderas trayéndome uno y otro plato.

Cerveza tras cerveza, doy cuenta del arenque ruso, la espectacular oreja de cerdo y un muy sabroso bacalao al horno. Me tiro cerca de dos horas comiendo y bebiendo en el lugar. Y me da que mañana volveré. Tras semejante banquete decido darme un último paseo hasta el muelle. Mi caminar es tan lento y mis ojos brillan tanto con la chuza que llevo encima, que veo todo el paisaje de forma diferente esta vez. Me encanto tomando algunas fotos nocturnas y finalmente acabo, un poco antes de la medianoche, de vuelta en el hotel. Y para cerrar el día qué mejor que una última chela en el balcón.

viernes, 13 de julio de 2018

Cinco días en Palanga. Capítulo 1

Te llevas un premio, querido lector, si ahora mismo, sin necesidad de búsqueda en internet ni ayuda de un atlas o similar, me consigues localizar en un mapa la pequeña villa costera de Palanga. Mira, ya te he dado una pista, está en la costa. Bueno, si lo has conseguido, tu premio es intentar meterte la cabeza por tu propio culo. Y si no, pues te haré un pequeña ubicación espacial. Costa oriental del mar Báltico, las ex-repúblicas soviéticas, para ser concretos Lituania. Ahí es donde se ubica esta gran desconocida, aunque cada día menos, localidad de veraneo playero para los autóctonos del país y de las naciones vecinas. Especialmente reseñable la gran cantidad de rusos que vienen a disfrutar de esta ciudad resort.

La Marbella del Báltico, ha venido en llamarse en los últimos tiempos. Y a quien lanzó semejante descripción no le falta en absoluto razón. Incluso diría que se queda corto. Aquí, en Palanga (pronúnciese acentuando la última a), no hay centro histórico que visitar, ni catedrales, ni museos interesantes, ni estrechas callejuelas, ni edificios típicos. Nada de nada. Esta localidad está construida única y exclusivamente con miras al turismo. Turismo de toda índole, por cierto, aunque diría que lo que más abundan son las familias jóvenes. Niños desbocados por todas partes con mamás que están de muy buen ver. De los papás no os puedo decir mucho porque me la traen bastante floja. Bueno, y los niños también, qué cojones. Por la noche hay juerga, sí, muchos adolescentes y jóvenes de todo el país vienen a Palanga exclusivamente para pasar la noche solo porque saben lo que hay. Discotecas para turistas que no cierran hasta que la gente cae etilizada. Y es que las distancias en este país son más que asumibles. La ciudad más lejana es la capital, Vilnius, a tan solo doscientos kilómetros.

Las razones que me traen aquí... es difícil. O quizá no tanto. Vamos a ver, dispongo de unos días en julio y mi problema con las temperaturas cálidas hace que no pueda viajar a muchos sitios durante los meses de verano en el hemisferio norte. Un vuelo al hemisferio sur para pasar solo cinco días no merece la pena. Los países escandinavos ya los visité todos, incluyendo el puto Polo Norte. Es cierto que aún me queda el perdido territorio de las Islas Feroe, pero no pude hallar vuelo hasta allí en esta ocasión. Así que al final alguien me soltó la idea de los países bálticos. Encontré un vuelo a Lituania por setenta pavos y no me lo pensé mucho más. No sabía ni a dónde cojones venía, pero tras investigar un poco conseguí averiguar toda esa información que os he soltado en el párrafo anterior. Y ahora ya está bien de descripciones e informaciones chorras. Vamos a lo que vamos, la acción.

El típico vuelo a las siete de la mañana me hace despertarme a las cuatro y media y salir pitando hacia el aeropuerto. Para abrir boca, al agacharme para abrocharme el calzado, los pantalones vaqueros se me rompen por completo. Estoy demasiado gordo, lo admito. Dejemos los detalles sin importancia. Ya en el aeropuerto, todavía medio dormido, me salto mi ritual habitual, una buena cagada antes de volar. Esto provoca que las poco más de dos horas de vuelo sean un auténtico recital de pedos por mi parte. Por suerte para los otros doscientos pasajeros no son ni sonoros ni olorosos. Aunque me importa una mierda (nunca mejor dicho), y es que mis dos compañeras de asiento son una chavalita que está de muy buen ver y una GORDAAAAA, pero jodidamente inmensa, que encima nos toca en medio de los dos e incomoda a uno y a otro. Lógicamente va todo el viaje con el puto cinturón de seguridad desabrochado. No hay de su talla, joder.

Bueno, ya estoy en Palanga, once y media hora local (que es la franja horaria de Moscú). Tengo contratado el transfer al hotel, como los putos señores. Nada más salir por la puerta de llegadas, me veo a una vieja de más de setenta años que apenas se tiene en pie sosteniendo un cartelón con mi nombre. Se presenta como Marja, la dueña del hotel. Joder, sí que andan mal de personal. Y aquí comienza algo en lo que no he reparado pero que no es para nada inesperado, el problema con el idioma. Por lo visto en Lituania no es muy común que la gente hable inglés, y a decir verdad mi lituano es peor que mi swahili, o sea, inexistente. Por suerte la vieja habla ruso, un idioma que estudié durante dos años pero hace muuuuucho tiempo. Pues no me van a quedar más huevos que desempolvarlo. Cuando ya parece que empiezo a recordar y nos comunicamos más o menos bien, me dice que sí, que la gente mayor habla ruso, lógicamente, cosa que los jóvenes de menos de treinta no, pero que odian tanto a esos cerdos opresores comunistas que es un idioma bastante mal visto, así que es mejor que no lo utilice. Joder, vamos de mal en peor.

Tras comprobar que la habitación del hotel está cojonuda y tiene todos los servicios que yo necesito, incluyendo nevera y balcón, salgo a hacer una primera inspección. Y caen tres cervezas, obviamente. La primera me toca pedirla en ruso porque no hay otra forma, por suerte con las otras dos me topo con dos chavalitas que hablan algo de inglés. Y que están de muy buen ver, por cierto, cada vez me gusta más Lituania. Camino arriba y abajo por la calle principal, que es lo único que hay que ver en esta ciudad, entre turistas, atracciones, gentes vestidas de playa y niños correteando como locos. El calor es sofocante. Me cago en la puta del cabrón que me dijo que viniera aquí que no haría calor en verano. Me voy a quemar fijo. Llego al muelle de madera, la vista más icónica de esta localidad, la que aparece en todas las putas postales e imanes de nevera. Recorro el lugar, miro a un lado y a otro, playa infinita, bañistas por doquier y el Báltico, inmenso y majestuoso. Se dice de esta que es la playa de arena más larga de toda Europa, recorriendo toda la costa de Lituania sin interrupción y siguiendo su curso a norte y sur por los países vecinos. Sinceramente es espectacular.

Pero yo tengo hambre. Consulto en el mapa a ver si encuentro algún lugar de papeo fuera de la zona turística, que será más típico y barato, pero fuera de dicha zona directamente no hay ni ciudad. Así que toca adaptarse a lo que hay. Leyendo las críticas por internet veo que un restaurante ucraniano en una calle perpendicular está muy bien valorado. Pero la zorra camarera ucraniana me echa de allí diciendo que no me pueden atender que están completos. Que la jodan, se quedarán sin mi dinero. Decido guiarme por mi instinto, que siempre me sirve bien, y caigo en otro sitio donde no veo mucho movimiento. Aquí fijo que no están ocupados.

La camata que me atiende, rusa, tiene una boca espectacular. Empiezo a imaginarme todo tipo de cerdadas mientras la tipa me recomienda varios platos. Obviamente no me he enterado de nada de lo que me decía, yo estaba a lo mío dentro de mi calenturienta mente. Al final pido un entrante de lengua de cerdo y como principal riñones de becerro con setas. Por supuesto me hago una buena chela para acompañar. La bocamarera me dice, no sé muy bien por qué, que hoy libra en el turno de cenas. No sé si lo dice para que no vaya o para que me la lleve al hotel. Empiezo a imaginar más cerdadas y entonces me saca, de repente, un chupo de vodka (que es medio vaso de estos anchos de agua) y un sorbete de alguna fruta rara que solo sabe y huele a alcohol.

Intuyo que pago por todo, pero no me acuerdo. Posiblemente ni me despido de la boca. Llego al hotel dando tumbos. De pronto me despierto en sofá que tengo en la habitación, ya son las siete de la tarde. ¿Qué cojones ha pasado? La cuestión es que ahora estoy muy despejado. Me bajo al bar del hotel (siempre me busco hoteles con bar, por supuesto), donde hay una rubia que habla algo de inglés, así que le pido una cerveza negra, hay que probar todos los productos de la tierra. Bueno, ya he recobrado fuerzas, así que me vuelvo a ir para la calle principal, porque no hay más sitios a donde ir.

Otro paseo por el muelle para ver cómo el sol se pone lentamente sobre el Báltico. Pero pierdo la puta paciencia porque nunca se acaba de poner, así que me voy a un chiringo de la playa y me casco dos chelas de cereza. Los muy hijos de puta me soplan cuatro pavos. Los cojones vuelvo a venir a beber junto a la playita, que encima te llenas de arena por todas partes. Mira, con la tontería ya va siendo hora de cenar. A ver por dónde caigo ahora.

No muy lejos del sitio donde comí, veo a un viejo vestido de marinero dando la brasa a los comensales en una terraza. Seguro que ahí se cuece algo. Esta vez mi instinto me engaña. Los camareros tienen todos polla y encima son unos estirados y unos maleducados. Supongo que por la historia que me contaba Marja esta mañana, no les queda más cojones que hablar en ruso conmigo porque ninguno habla inglés, y parece que la situación no les gusta mucho. Pues a mí menos, putos maricones. Aún así la comida está buena, entrantes de pescado variado, mejillones y ancas de rana, estas últimas cojonudas. Pero el sitio es mucho más caro que el de la comida. Fijo que me han clavado más por lo del idioma. Cabrones.

De camino al hotel me hago una chela más en una especie de disco-bar. El camata es otro maleducado y la música techno es una absoluta basura. Me largo buscando otro abrevadero pero es más de medianoche y está todo cerrado. Todo menos las discos, claro. Y no estoy yo, después de haberme levantado a las cuatro, como para esas mierdas ahora. O acabaré muy mal. Que me conozco. Hora pues de ir al hotel a echarme un sueño. Mañana será otro día y seguro que el alcohol en la ciudad aún no se habrá acabado.

domingo, 24 de junio de 2018

Imbéciles construidos por la televisión

Algunos gilipollas se piensan que ya me he vuelto definitivamente loco. Por lo que escribo más que nada. Y bueno, yo ya los he definido en la segunda palabra de este post. Pero aparte de gilipollas, lo peor es que son idiotas profundos. No tienen jodido cerebro. Claro que esto empieza a ser una problemática demasiado extendida. La gente es estúpida, por lo general. Y es un puto problema lo de ser más inteligente que el 99% de la gente. Te das cuenta de lo becerros que son y cómo, encerrados en su idiotez más absoluta, se creen los tíos más listos del jodido planeta. Venga, y que siga la fiesta de la subnormalidad cerebral más absoluta.

En realidad escribo como escribo porque ya me da absolutamente igual todo. Estoy hasta los cojones de vivir en un puto mundo rodeado de imbéciles profundos. Y ahora me diréis que debería de sentir lástima por ellos. Qué cojones, si aun reconocieran lo tontos que son... pero es que encima van de putos enterados. Aquí todo dios sabe y entiende de todo y te puede dar lecciones sobre cualquier mierda. Claro que esas malditas lecciones son siempre erróneas. Y así va todo. Y si encima resulta que a nuestros gobernantes los elige el populacho, pues apaga y vámonos. Lo dicho, estamos condenados. Por eso estoy hasta los cojones. Porque no tenemos ningún jodido futuro.

Ah sí, la televisión. Yo creo que ahí está el jodido problema. Hemos dado en el clavo. Hace unos días leía un estudio que revelaba que a partir de los años 50 la media del cociente intelectual de los habitantes del planeta comenzó un cierto declive. Que se intensificó sobremanera en los años 70 y 80. Curiosamente a medida que la televisión se iba implantando de los hogares de todo el orbe, la gente se iba haciendo cada vez más estúpida. Y supongo que si hacen el estudio a día de hoy y comparan el cociente intelectual de 2018 con el de ochenta años atrás, nos daríamos cuenta de que el mundo está plagado de subnormales profundos por doquier. Y no por enfermedad, que eso sí que es una desgracia, sino por elección propia. Lamentable.

Elección propia que es pasarse horas delante de la caja tonta viendo como las cadenas de váter corroen los cerebros. Ahora lo que dice la puta tele es sagrado. Y lo que dice la puta tele, mira tú por donde, es mentira. En un 95% de las ocasiones es mentira. Pero es la palabra de Dios. Del Dios TV. Nadie se va a molestar en comprobarlo. Es como, "oye, tío, que la tele dice que ahí en tu ciudad está nevando". "¿Pero qué dices? Si hace un sol brutal y treinta grados." "Que no tío, que no, que lo he visto por la tele y fijo que está nevando. ¿Quién lo va a saber mejor, tú que estás ahí o yo que lo he visto por la tele?"... Pues eso, tal cual.

Y ahora que lo pienso, ¿para qué cojones seguir escribiendo sobre esto? Si al fin y al cabo en la televisión van a decir lo contrario a cualquier cosa que yo comente. Joder, entonces seré un mentiroso y hasta me podrán encarcelar. Ya te digo, llevar la contraria a la caja de mierda. Mirad, me voy a abrir una puta sidra y a pensar que dentro de dos semanas estaré viendo lituanas en topless, y no precisamente por la tele. Ah, y lo mejor de todo es que en Lituania el comunismo está prohibido, como en todos los países normales sobre la faz de la tierra. Pero claro, también hay paises subnormales...

lunes, 11 de junio de 2018

Sigo vivo y me apetece insultaros a todos

¡Eh, hijos de puta! Ah... malditos cuervos carroñeros asquerosos. ¿A que os pensabais que había fallecido? Ya os gustaría, cerdos cabrones, ya os gustaría. Pero no, aquí estoy, sigo vivo y coleando y con más cojones que nunca. Eso no es necesario ni dudarlo. Bueno, ya sé que hace mucho tiempo que no escribo pero, ¿para qué pelotas tengo que escribir si no me apetece? Al fin y al cabo no os interesa lo más mínimo. Quien lea esto es porque está más enfermo aún que yo. Y ahora que lo pienso, pues me da la sensación de que yo estoy bastante cuerdo. Bueno, supongo que depende del punto de vista. Pero no, no me interesa vuestro jodido punto de vista. Tengo bastante con hacerme una idea de cuál es el mío. Bueno, ¿algo más, putos perros sarnosos?

Mirad, en realidad estoy aquí solamente porque he llevado el portátil a reparar esta mañana, después de tenerlo muerto tres años o más en el fondo de un armario, y quería escribir algo para probarlo. De momento funciona bastante bien. Ahora lo que tengo que hacer es acostumbrarme de nuevo a este jodido teclado en español. Bueno, los dos primeros párrafos los estoy superando de una forma medianamente razonable. Sí, es cierto que a veces tengo que pensar dónde cojones están los signos de interrogación y exclamación. Pero el tema de las tildes y las eñes parece que lo tengo medio superado. Y con el agravante de que ya me he metido varias sidras de pera y empiezo a ir bastante doblado. En fin, ¿a quién coño le importa?

La verdad es que ha sido una mañana de lo más excitante y a la vez asquerosa. Acostumbrado como estoy a no salir de casa, el hecho de tener que ir a un par de lugares es bastante estresante para mí. No he muerto, pero al final me he gastado más dinero del deseable. Y eso sí que me jode. Prefiero invertir lo que gano trabajando como un cerdo en alcohol para ponerme tibio y olvidar la mierda de vida que tengo. En fin, que doscientos pavos se me han ido como quien chasquea los dedos. Así que no estoy de jodido humor. Quizá dentro de dos o tres sidras más lo esté, pero ahora mismo no. Pero mira, como siempre digo, algo positivo tengo alrededor. En este país en que resido el comunismo es ilegal, no como en otros lugares...

Acabo el post de la misma forma que lo empecé, borracho. Y aparte de eso, insultando a todo dios. Hijos de puta. Pero sin exclamación, así, relajadamente... hijos de puta. A ver si el jodido Microsoft Office se acaba de instalar. Sí, ahora tengo un portátil reparado pero vacío como el cerebro de un comunista. Así que me toca sesión de instalación. Ya se sabe, 1%, 2%, 35%... y mientras a esperar. Aunque en mi caso la espera se hace bastante amena. Voy a abrirme otra sidra de pera. No hay nada mejor que tener a este tipo de amistades siempre a mano. Hasta luego, malparidos hijos de la jodidísima zorra.

jueves, 1 de marzo de 2018

Dos semanas en Tokyo 13. El eterno retorno

Menuda ultima cena. Me he tenido que levantar a cagar cada dos horas. Ya no se si es el exceso de comida y bebida acumulado o es que el destino es asi de gracioso y me tiene que joder justo la noche en que mas necesito dormir de cara a un viaje tan jodidamente largo. El caso es que a las cinco de la matinal ya tengo el careto de Yosiaki delante del mio, dandome los buenos dias e incitandome a que me coloque en posicion vertical. Se ve que este hijo de puta nunca ha sufrido unas cagaleras o una indigestion. Sera el shochu que lo cura todo.

Al menos el hombre tiene el detalle de llevarme a la estacion de autobuses a estas horas tan intempestivas. Lo de acercarme al aeropuerto lo ha descartado debido a que a la vuelta seria hora punta en la circunvalacion a Tokyo y el tio se puede quedar atascado durante cinco o seis horas. Soy comprensivo con la situacion, asi que me subo al bus que me lleva a Narita. Tampoco es una puta broma porque son tres horas de camino, pero bueno, como hay internet a bordo me entretengo leyendo las ultimas noticias deportivas. No es que me interesen demasiado, pero mejor eso que el resto de noticias, que siempre son la misma mierda, politica absurda, terroristas locos y demas gilipolleces para alelar al ciudadano de a pie.

Aeropuerto. Hora de subir al primer avion de la jornada, once horas y media hasta Amsterdam. No se si tomarmelo con resignacion o empezar a pedir chelas, a pesar de que es un poco pronto. Recordemos que tengo barra libre de chumeo durante el vuelo. Lo peor en esta ocasion son mis compañeros de asientos. Me han tocado dos putos mongolos. Uno es un noruego que se tira las once horas jugando con el movil, se le van a caer los putos ojos al suelo al muy subnormal. La otra es una holandesa alta, rubia, con el pelo corto, que parece un tio. No puede ocultar que es bollera. Y encima de las amargadas, porque la muy zorra ni saluda, ni habla, ni pide las cosas por favor. Solo gruñe. Con razon te has hecho lesbiana, no creo que haya tio que pueda soportar semejante estupidez mental.

Entre chelas varias, y es que al final he sucumbido a la tentacion de mamar sin parar, me casco tres peliculas. Dunkerque es bastante mala, esperaba algo mas belico, pero me topo con un puto dramon donde con tantos saltos temporales es imposible seguir la accion de un modo mas o menos ordenado. Mierda de cine moderno. Geostorm es realmente buena, tipica americanada de desastres masivos, pero esta gente sabe como hacer este tipo de peliculas para que resulten entretenidas. La nueva version del Orient Express, con el bigotudo detective Poirot a la cabeza, es interesante de ver aunque no aporta nada nuevo si uno ya ha visto las viejas versiones. Lo peor es la aparicion de una de las personas que mas odio de este planeta, la pseudo-actriz spanisha Chupapenes Cruz.

La llegada a Amsterdam no me reconforta. Quiza deberia de ser asi solo por el hecho de que se que ya estamos en Europa y por fin puedo volver a comunicarme en idiomas que entiendo. Lo malo es que tengo que esperar aqui seis putas horas a mi proximo vuelo, el que por fin me va a llevar a casa. El cambio horario ya me ha vuelto del todo loco, fijo que mañana vuelvo a empezar una nueva sesion de jet lag. No salgo de una para meterme en otra. Intento pegar una cabezada en el aeropuerto pero sentado en una silla de mierda no hay manera, asi que tengo ya los ojos rojos como tomates y empiezo a tener un aspecto que da pena. Como para pasar controles y fronteras.

No se si por este aspecto o por mi puta mala suerte, en el control de seguridad de Amsterdam me cachea un negro con una pinta bastante asquerosa. Y encima el muy cerdo parece que me va buscando las pelotas. No digo nada porque solo quiero llegar a casa y tumbarme pero la mirada que le echo me parece que se lo ha explicado todo bien explicadito. Ya en el segundo avion del dia me quedo totalmente frito, estoy reventado. Lo jodido es que este vuelo apenas dura una hora, asi que antes de darme cuenta ya estamos aterrizando y me tengo que preparar para el control de pasaportes.

No hay nada como estar en casa, ningun problema, cordial bienvenida de los agentes y ahora a esperar a mi colega el chulo, que se supone que tiene que venir a recogerme al aeropuerto. El problema del chulo es que es tan rata que por no pagar un pavo, que es lo que cuesta entrar con el coche a recogerme, se queda con el vehiculo medio tirado en mitad de un camino cerca del aeropuerto. Relativamente cerca, mejor dicho, porque por su puta rateria me toca andar diez minutos a lo largo de dos carreteras y varios caminos de barro cargado con las jodidas maletas. Todo sea por llegar a casa de una maldita vez y por fin poder pegar una cabezada como Dios manda. No mas Japon por una buena temporada.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Dos semanas en Tokyo 12. Ultimo dia

Abro mis ojos para despertarme en lo que va a ser mi ultima jornada aqui en el pais del sol naciente. Despues de lo acontecido en los dos ultimos dias, solamente me apetece un poco de relax. Aunque para abrir boca no me puedo escapar del ya mas que usual desayuno salvaje preparado por Moriko. Yosiaki se marcha a currar, asi que la ocasion es perfecta para pegarme una larga y relajante ducha. Claro que mi paz pronto se va a ver turbada. Y es que nada mas salir de la ducha Moriko me detiene y señalando hacia el reloj simplemente dice 'once, karaoke'. Vamos, que ya se que a esa hora me espera una sesion de cantinela. Si es que uno no puede estar tranquilo ni un jodido segundo.

Pues ahi que me voy con la señora a hacerme esta maravillosa sesion de karaoke. Ella se canta los grandes exitos de su japonesa juventud, que obviamente yo no conozco ni mucho menos entiendo. Por suerte hay bastantes temas de Lennon disponibles, asi que me canto casi todo el album Mind Games mas el Teo Torriatte de Queen (cancion con el estribillo en japones, todo un detalle por mi parte). Obviamente me casco tres chelas de tamaño considerable para amenizar la sesion. Asi que en el camino de vuelta a casa ya voy haciendo eses. Lo cual no me impide parar por ultima vez en mi farmacia preferida y hacer cargamento de mas alcohol. Habra que beber algo durante el dia, no vamos a estar en dique seco.

Para comer, Moriko prepara unos noodles con cerdo realmente escandalosos. Grasientos y llenos de calorias, justo lo que me hace falta para darme mas sed aun. Tambien hay unos pinchos muy raros con unas bolas hechas con masa de arroz. La cuestion es que acabo lleno, hinchado, con la puta barriga hasta el techo. Lo cual no impide que de postre me haga unas cuantas cervecitas mas. Para eso siempre hay espacio. Estoy tan saciado que casi me quedo sopas en la mesa despues de comer. Esto no puede ser, me voy a dar un paseo, mi ultimo paseo por Tokorozawa, a disfrutar un poco del solecito que hoy tenemos en lo mas alto y la buena temperatura. Aquellos primeros dias con siete bajo cero ya han pasado a la historia.

En este ultimo relajado caminar, que me va a llevar cerca de dos horas, aunque tampoco llego a ningun sitio extremadamente lejano, me doy cuenta de la cantidad de ancianos reventados que hay por la calle. Pero es porque son muy viejos. Pero viejos de cojones. Yo creo que me he cruzado con mas de uno que supera la centena. Es de sobra conocida la longevidad de las gentes en este pais, pero es que hay mogollon de estos tipos por todas partes. Se podria hacer una pelicula llamada 'La Invasion De Los Centenarios' o algo asi. De todas formas, todo esto es puta envidia, porque yo tengo claro que jamas llegare a esas edades. Y fijo que los cabrones aun siguen mamando.

Vias de tren arriba y abajo, mi paseo acaba en un supermercado donde compro algo de sashimi para deshacerme de los pocos yenes que aun tengo por el bolsillo. Asi nos pegaremos una buena ultima cena, de paso. Yosiaki ya debe de haber llegado de currar y a estas alturas imagino que el shochu habra empezado a bajar por su garganta abajo, asi que me apresuro en volver a casa. Mis sospechas son ciertas, la mesa ya esta servida y mi anfitrion ya esta en su sitio, vaso en mano, partiendose la caja no se sabe muy bien de que. Dejo sobre la mesa el papeo que he comprado y entre aplausos de alegria por parte de Yosi, comenzamos a degustar los diferentes manjares que estan ante nosotros.

Yo no quiero pero no puedo evitarlo. Ya voy otra vez doblado a chelas. Y eso que mañana hay que madrugar para un viaje de vuelta a casa que me va a llevar casi veinticuatro horas. Pero joder, es que con tanta cantidad de comida no puedo evitar mamar mas y mas. Aparte de mi sashimi, entre diferentes snacks y chorraditas para picar, tenemos jamon japones (jodidamente exquisito) y estomago de cerdo. Este ultimo plato es definido por Yosiaki como 'numero uno', expresion que utiliza cuando algo esta tan de puta madre que no puede parar de comerlo. Apenas acabo de menear el bigote, me hago una ultima chela de despedida y me dirijo a la cama. Yosiaki, entre risas y con su vaso de shochu al viento, me recuerda que mañana a las cinco debo estar en pie. Tranquilo, tio, que ya te aseguro yo que semejante putada no se me va a pasar por alto.
 
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