domingo, 6 de abril de 2008

Desprecio

El príncipe había recorrido mares tempestuosos, tierras desérticas, lugares inhóspitos, había superado todas las dificultades, se había entregado completamente a aquel largo camino que borraba totalmente su pasado para llevarle a una nueva vida. Parecía por fin haber arribado a su destino, aquel enorme y precioso castillo, que radiaba luz y esplendor por todas partes. Un lugar rodeado de verdes praderas y de florecientes jardines que encerraban por sí solos el anhelado secreto de la felicidad. Un lugar, en definitiva, que era lo más parecido al paraíso.

Allí habitaba la persona que le había hecho entregar su pasado al olvido, la única que podía conmover su corazón, una bella doncella de ojos claros y rubios cabellos que era su único amor, lo único que le importaba ahora en su nuevo mundo. Pero aquella doncella era pretendida por multitud de caballeros, todos ellos extravagantes personajes malignos, de amplias espaldas y fuerza descomunal, pero sin apenas un gramo de cerebro, que se batían en absurdas luchas, bebían como cerdos, y comían rozando los límites de la gula. Eran los más ricos y poderosos de aquel imperio, y así se mostraban, orgullosos, prepotentes, gentes sin piedad ni corazón.

Dígase que aquel príncipe no era uno de esos animales de fuerte compostura ni rudos hábitos, ni siquiera era un personaje que llamase la atención. No era más que un pobre muchacho que soñaba cada noche con su linda doncella, y cuya belleza estaba en su interior, en su sensibilidad, en su sinceridad, algo que a lo largo de tantas épocas de la historia ha sido, y sigue siendo, un claro sinónimo de desprecio. Así pues, no era de extrañar que la linda doncella no correspondiera en absoluto al príncipe, incluso se sentía humillada cada vez que éste, en actitud de buen enamorado, llamaba a su puerta. Díjole pues, que se olvidara de ella, que no la volviera a ver nunca más, y que retornara a aquel extraño reino de muerte y soledad del que había venido.

La doncella comenzó a alternar con todos aquellos rudos caballeros que la pretendían con tenebrosos fines, y su vida comenzó a dirigirse a la más absoluta perdición. Un mes con uno de ellos, al siguiente con otro, y así sucesivamente con la mayor naturalidad del mundo, mientras aquel bonito imperio comenzaba a sumirse en tinieblas y las flores de aquellos jardines de felicidad comenzaban a marchitarse. Ocurrió así que aquel lugar se llenó de bastardos nacidos de aquellas relaciones entre doncella y caballeros, y comenzó a reinar en él el mal. Mientras, aquel triste príncipe caminaba sin rumbo con el corazón destrozado en medio de truenos y tinieblas en dirección al olvido...
 
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