martes, 4 de agosto de 2009

El fin de semana perdido 1. Salamanca

Tras arrasar Londres y sus alrededores hace poco más de un año, el alcohólico y el destarifao han decidido volver a juntarse para llevar a cabo otro de sus macabros viajes destructores. Son poco más de las tres de la tarde cuando el destarifao recoge al alcohólico, con una completa y cuidada organización que consistió en una escueta llamada telefónica donde a un "¿nos vamos?" la contestación fue simplemente "sí". Es así como se inicia la tremebunda ruta, con un primer conato de locura al perderse nuestros amigos en el primer polígono industrial en que entran a buscar una gasolinera. Está claro, Zapatero es un hijo de puta que no sabe poner bien las señales. Con música tan interesante y variada como Julio Iglesias (La Carretera, por supuesto), Nino Bravo o el siempre recurrente disco patriota (especialmente emotivo cuando uno se acerca a la sierra de Guadarrama) el viaje transcurre sin demasiadas incidencias, salvo las latas de cerveza que el alcohólico se ha llevado de casa y que llegando a Madrid comienzan a atosigar su vejiga. Pero el destarifao insiste en que ellos son unos machos y aquí no para nadie ni a mear, con cojones.

Una vez pasada la capital de España el alcohólico insiste de forma bastante pesada y taladrante con hacer noche en Salamanca. El destarifao no está muy convencido, pero es evidente que pronto cambiará de idea, sobre todo en cuanto comience a descubrir lugares como el hostal del abuelo pederasta, el mesón Los Faroles o el paraíso helmántico por excelencia, el bar Papillón. Tras pasar junto a la siempre querida ciudad de Ávila y comprobar que la autovía a Salamanca por fin está en pleno funcionamiento, nuestros amigos llegan a la villa del Tormes en torno a las nueve de la noche, una hora más que ideal para comenzar la clásica ruta etílico-gastronómica que siempre nos depara tan intensa ciudad. La visita al hostal del abuelo pedófilo para dejar el equipaje nos descubre que el anciano tiene nuevo mancebo, un chaval de apenas veinte años que no se aclara ni a la hora de dar el cambio cuando pagas, pero seguro que al dueño de tan genuino antro este tipo de cualidades no son precisamente las que más le preocupan. Por uno de estos extraños azares del destino nuestros amigos han conseguido aparcar en la misma calle Van Dick, curiosamente vía en la que se encuentran los lugares más deseados por unos gaznates tan exigentes como los que nos ocupan.
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Parada obligada para abrir boca en Los Faroles, donde nos encontramos a los dos camatas más perturbados del lugar, el calorro y el orejas, juntos detrás de la barra, espectáculo garantizado. Sobre todo cuando en la televisión del local aparece el último atentado de ETA, con el calorro gritando "a esos hijos de puta yo los colgaba por las pelotas y practicaba el tiro al blanco" y con la actuación estelar del orejas ante la aparición del cabrón de Zetaparo en pantalla "me cago en la puta democracia, tanto paripé, hijo de puta, vete a mentir a tu puta casa, Zapatero de los cojones". Un local estupendo con gente de puta madre, como se puede apreciar. Después de refrescar la memoria de los camatas pidiendo unos vinos acompañados por pinchos de lengua y mollejas, el alcohólico fue recordado por anteriores visitas y, tras unas risas y comentarios de buen rollo, todos se emplazaron para futuras asistencias a la ciudad salmantina. Los Faroles sigue dando la talla e incluso más que nunca. Tres cuartos de lo mismo que las siguientes paradas, La Goleta y sus famosos pinchos de lomo (aunque la camata sin piños ya no estaba) y Malvasía, donde nuestros amigos no dejaron de faltar a la cita con el picantísimo pincho de morcilla de Zamora, mientras una vieja conocida les preguntaba desde detrás de la barra "¿qué más quieren mis chicos?"

Cuando sigues la calle Van Dick hacia abajo, ésta cambia de nombre a Vasco de Gama, y es en este momento cuando tus papilas gustativas comienzan a ponerse realmente cachondas, sobre todo porque tras unos pocos pasos ya te encuentras ante la puerta del PAPILLÓN. Extrañamente el local está casi vacío, el camata hiperactivo con ojos en la nuca está medio tumbado en la barra y apenas si se altera ante la entrada de dos barrigas tan interesantes como las que acaban de atravesar el umbral de la puerta. Alcohólico y destarifao deciden sentarse y pasar a la acción, unas raciones, una botella de vino que directamente el camata ni les deja elegir ("ya os traigo yo el que yo quiera") y mientras tanto el personaje acariciasepias que reside junto a la plancha afilando cuchillos con cara de psicópata. A los riñoncitos más criminales del planeta y la sepia gigante se añaden unas gambitas y algunos otros menesteres que hacen las delicias de nuestros eminentes comensales, los cuales a estas alturas ya han decidido que van a acercarse al centro de la ciudad a hacerse las copitas de rigor. Pero antes de salir del Papillón, aún asistirán a la anécdota más surrealista del viaje, cuando nuestro querido acariciasepias sale a buscarles a la calle para preguntarles por el Blog del Vikingo Macabro. Todo un honor para el que suscribe el hecho de que seamos conocidos y leídos hasta en el mismísimo Papillón.

Nuestros amigos están ya completamente etilizados mientras bajan por Toro hacia la Plaza Mayor, pero eso no impide que el alcohólico, siempre dispuesto a enrojecer aún más su gaznate, lance una brutal ofensiva hacia otro mítico local, el Paniagua. Allí el destarifao no sólo alucina con los cubalitros a cuatro euros (pide uno para cada uno) sino que rinde auténtica pleitesía a una máquina del Tetris que le deja completamente enganchado durante más de una hora. Al final el alcohólico tiene literalmente que despegarlo del artefacto para pasar a la puerta de al lado y entrar en La Imprenta, donde continúan cayendo cubalitros y para desgracia de uno y gran regocijo de otro ¡hay otra máquina del Tetris! Y es en este momento y lugar cuando un viejo conocido va a entrar en la noche de nuestros juerguistas. "Coca en piedra", un clásico de la noche salmantina, entra en el local con su típica tonadilla, más peligrosa que nunca sobre todo teniendo cerca a un destarifao cuyas blancas aficiones rayan en la obsesión. Y sucedió lo que tenía que suceder, que nuestros amigos encontraron a dos compañeros de andanzas para el resto de la noche, el "coca en piedra" y un chaval de apenas 16 años que iba con el susodicho y quizá sea mejor no saber qué tipo de relación había entre ambos. Lo que sucedió a partir de aquí fue tan excesivo que, o bien porque realmente los protagonistas no lo recuerdan, o bien porque han preferido hacer voto de silencio y no contarlo, el que suscribe no ha conseguido información al respecto, así que no podremos exponerlo en esta tan interesante crónica viajera.
 
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