lunes, 5 de enero de 2009

Hates himself

Joe ha salido esta noche a pasear, camina lentamente por la avenida, iluminada hasta la saciedad pero vacía como si su única dirección fuera el infierno. Las farolas, que emiten una intensa luz amarillenta, son realmente molestas. Sea por esta razón o por cualquier otra, el caso es que los ojos de Joe apuntan al suelo, mirando únicamente sus propias pisadas, perdidas en mitad de esta soledad infinita. En su mente una fe ya perdida en alguna vieja creencia terrenal, le recuerda viejas canciones, que pasan por su cerebro a velocidad de vértigo entrecruzándose unas con otras mientras se imagina en los brazos de algún ser querido que le ha traicionado en mitad de una locura inducida. Pero aquí no hay brazos, no hay gente, no hay saludos, no hay holas ni adioses, ni llantos, ni amor ni odio, sólo silencio y una sensación en el aire de que el destino tiene preparada alguna macabra fatalidad en breve.

Desde las lejanas esquinas comienzan a surgir cantos de sirenas. Amor por dinero, prostitución que observa el caminar de Joe desde la distancia, intentando atraer su completamente omnubilada atención. Su mente, mezcla entre delirio y enfermedad, está fija en una obsesión inducida hace ya meses o incluso años. El pensamiento no se va, no se muere, porque la raíz de su cada vez más acentuada locura preside su vida, aparece a cada minuto, a cada segundo. Comienza a cruzar semáforos en rojo, sin ni tan siquiera tenerlo en cuenta, aunque al fin y al cabo en mitad de esta macabra escena es lo de menos. Un extraño peligro comienza a acecharle y siente como por dentro su vida se revela contra una muerte segura y deseada. Está perdido en sí mismo y en el mundo, aunque no sea culpable de nada, y el odio crece en su interior.

Un extraño escalofrío que le recorre el cuerpo le recuerda que hoy no ha tomado su medicación, quizá ayer tampoco lo hizo, y los efectos de un síndrome de abstinencia bastante violento comienzan a dejarse notar. Pero no puede hacer nada, las sustancias que necesita se hundieron en un profundo lago, como todas sus felices vivencias pasadas. Y a Joe no le gustan las tiendas, ni las farmacias, así que no va a comprar más medicina. Completamente vapuleado por la vida, ahora encuentra que está solo y perdido frente a la muerte. Su única esperanza es la pistola, la cual ansía y anhela más que cualquier otra cosa en este psicótico momento. Varios coches pasan junto a él, el tráfico se aviva, el silencio se ha roto, el arma está a punto de llegar. En las ventanas de los edificios miles de ojos se agolpan para curiosear, como en una escena de despedida a su triste y patética existencia. Él mira hacia arriba, hacia el oscuro cielo sin estrellas, buscando una respuesta, buscando a Dios, pero no está.

Joe está de regreso a sus pensamientos y a su destino, sin respuestas, sin vida, sin nadie que sienta el más mínimo sentimiento de amor por él, ni ahora ni nunca. Su decisión ha sido marcharse y no volver, a la eternidad, a un lugar donde las puertas se cierran para siempre y el amor no existe, ha desaparecido. Comienza a imaginarse levitando sobre un oscuro mar, con la mirada perdida y en mitad de la nada. A su alrededor solamente la noche y el agua. En una psicodélica escena se ve haciendo agujeros en ese mar, huecos por los cuales su vida poco a poco va desapareciendo. Entra caminando por uno de ellos, paseando por un nuevo escenario, pero allí sigue sin haber nadie, no hay contestación a sus preguntas ni a sus pensamientos. Y aunque alguien estuviera junto a él, no le importaría, porque en este momento nadie podría saber cuáles son sus temores, sus odios y sus locuras.

Joe decide que es el momento de ahorrar salud, posiblemente para gastarla en otra vida, porque en esta ya no pinta nada. Piensa que es posible morir y resucitar en tres días, alguien ya lo hizo antes, así que él no tiene por qué ser menos. Sin embargo todavía no está muerto, con lo cual tampoco puede volver a nacer, su mente se estremece en mitad de una terrible confusión. Intenta clarificar sus ideas recordando que hace tiempo encontró un tesoro, pero lo perdió, se lo arrebataron injustamente y de la forma más cruel. Su tesoro anda vagando por entre las ruinas de su vida con la desgracia de saber que nunca podrá volver a alcanzarlo. Ahora Joe comienza a sentir compañía a su alrededor, no está solo, decenas de personas comienzan a transitar a su lado, se ha roto la oscuridad, el silencio, la soledad, pero siente que su vida se apaga cada vez más. Incluso comienza a sentirse muerto, sin vida. Se intenta explicar una y otra vez por qué le ha tocado a él, no es justo, pero es la puta realidad.

El odio le ha hecho poderoso, ahora Joe quiere fuego, arder, quemar, arrasar el mundo y convertir una vida en míseras cenizas. Un delirio surrealista le sirve una cruenta venganza en bandeja delante de él, junto al bordillo de la acera, frente a sus pasos. Se imagina con un lanzallamas a la espalda, comienza a apuntar a parejas de amantes que en la oscuridad inician sus juegos amorosos. Ha decidido que es la noche de las mierdas flotantes, hay que acabar con todo, todos estos payasos comienzan a arder en mitad de la enajenada carcajada de Joe, que está completamente fuera de sus casillas. Está muerto, sí, pero el fantasma está vivo y se ha convertido en un salvaje sin ningún tipo de control, un sádico perturbado que incinera todo aquello que pilla a su paso. Una novia, con su impecable trajecito blanco, se cruza en su camino y le mira a los ojos, vidriosos, llenos de furia y odio. Siente terror. Joe, sin vacilar ni un segundo, le prende fuego de arriba abajo, y la novia grita mientras su carne cae calcinada al suelo. Se odia a sí mismo y odia al mundo entero.
 
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